La decepción (Délia Lotto - Salvador, 15 de marzo de 2018)

La cara de Délia refleja su profunda decepción. Su padre trata de animarla con chistes. Graça le preparó su ensalada favorita, en deferencia a una hija a la que ve sufrir. Ayer, cuando Délia ya tenía lista la maleta y se disponía a partir hacia los Abrolhos, decidió revisar su cuenta de correo electrónico. Además de spam, Délia vio un mensaje con notificación de recepción de la Universidade Federal da Bahia. Hacía más de una semana que no entraba en su correo, así que, al comprobar el remitente, se puso nerviosa. Nada bueno, se decía. Al abrir el mensaje, se confirmaron los temores. Su universidad cancelaba las prácticas. En el correo, su tutor le prevenía para que no fuese a los Abrolhos, pues un recorte presupuestario obligó a romper, de mutuo acuerdo, el convenio que la Universidade Federal da Bahia mantenía con el Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Energías Renovables. Sin ese convenio, la aventura con las yubartas era inviable. Délia rompió a llorar. Incluso hoy lo hizo, aunque en privado en el cuarto de baño tras levantarse y también hace cinco minutos. Ahora, sentada en la mesa con sus padres, disimula los rastros que dejó el llanto en su rostro.
Come la ensalada sin palabras que la interrumpan. Apenas esboza una sonrisa con alguno de los chistes malos de Adriano. Su mirada se pierde entre lechugas y gambas. Nada puede consolarla. Ni siquiera se plantea alternativas. Está claro que tendrá que realizar prácticas, pero ¿en dónde? Quería abandonar Salvador por unos días fuese como fuese. Y eso, ahora, está muy complicado. Graça ve reflejadas en su hija las ganas de vivir que la llevaron a soñar con otro mundo diferente al que vivió. Pero las ganas sólo desembocaron en un deseo incumplido.
Una gamba escondida entre la salsa rosa se resiste a ser atrapada por el tenedor de Délia. Ése es su única meta por ahora: hacerse con la gamba rebelde. Adriano suspira levemente mientras observa la cara de preocupación de su mujer. Graça espera que la decepción de Délia no dinamite su ilusión por la biología. Trata de ayudarle a seguir en el camino:
—Los Abrolhos no son nada del otro mundo. Seguro que sale un lugar magnífico para realizar las prácticas.—
—Ahora no, mamá. Es complicado pensar en hacer prácticas ahora. Tal vez, cuando surja el momento, lo haré. Estos días serán de relax. No quiero agobiarme con todo esto.—La serenidad de las palabras de Délia no es acorde a su semblante.
—Y si no salen prácticas, pues mejor. Más tiempo con nuestra hijita. ¡Maravillosa Delinha!—Graça se abalanza sobre la alumna de biología y la abraza. Le da los mimos que necesitaba, aunque le cuesta admitirlo. Délia se resiste al principio, pero luego sonríe y se deja acariciar por su madre.
—¡Mamá! Como eres de sobona, nunca cambiarás.—Vuelve a sonreír.
Adriano, mientras tanto, consigue el mando a distancia del televisor. Cambia rápidamente. Busca fútbol y lo encuentra. En un noticiero está hablando de cómo prepara sus próximos compromisos el Flamengo. Se da cuenta de que las mujeres de la casa no aprueban el cambio de canal.
—¿Qué? ¿Vosotras no estáis hablando de vuestras cosas? Callad un poquito y escuchad. Creo que el Fla va a venir a Salvador. ¿Os imagináis? ¡El Fla aquí! ¿Vendréis a verlo no?—Graça y Délia sonríen a la vez. No les gusta el fútbol demasiado y menos el llamado O mais querido do Brasil, para ellas, el más odiado.

Sentando cátedra (Tyler Berger - Stanford, 15 de marzo de 2018)

Tyler no acostumbra a dar conferencias. La de hoy es una excepción. Como representante de Pacific Investment Management presenta una ponencia en la Universidad de Stanford bajo el título "Tiempo de cambio: nuevos retos para la inversión". Los alumnos de la prestigiosa entidad californiana escuchan atentos las palabras del vástago del magnate Michael Berger. Muchos le otorgan simplemente el mérito de ser hijo de su padre, nada más. A Tyler no le gusta ese desprecio, aunque no se esfuerza demasiado en cambiar las opiniones. Por ejemplo, no ha preparado en absoluto la conferencia de hoy. Escupe frases sin trascendencia llenas de circunloquios que no llevan a ningún lado. Alguno de los asistentes comienza a cabecear. Hace media hora que empezó a hablar y Tyler ya quiere dar por finalizado su monólogo, así que abre el turno de preguntas. Su emocionante discurso no provoca reacciones en el público, sólo un estudiante levanta la mano para intervenir.
—Buenos días. Mi nombre es Miguel González. Soy alumno del máster de Financiación Internacional de Stanford.—Tyler se percata del acento mexicano del joven que interviene. No le caen bien los extranjeros, menos los que llegan del otro lado del Río Grande. Si por él fuese, levantaría un muro que separase México de Estados Unidos.—Creo que su empresa está realizando un estudio de campo en la Antártida para determinar la rentabilidad de la explotación de yacimientos petrolíferos en la zona. ¿Dónde está el respeto por los tratados internacionales que declaran a ese continente como tierra vedada para la explotación de sus recursos? Gracias.—
—Bien ...—Tyler no sabe qué contestar. Por varias razones. Primero, está estupefacto. No entiende como un simple estudiante foráneo conoce el proyecto más secreto de la Pacific Investment Management. Segundo, no tiene ni idea de lo que hace la empresa de su padre en la Artártida. Supone que fue en busca de oro negro, pero, tras la conversación de ayer, no tiene claro que el petróleo sea el objetivo. Y, por último, odia tener que explicarse ante lo que supone un ser inferior para él: un mexicano.—Veo que usted cree estar bien informado. Nada que ver. La Pacific está en la Antártida por un interés pura y estrictamente científico. ¿Petróleo? Vamos, hombre, ¿cómo nos lo permitiría la comunidad internacional?—
—En China, se ha hecho pública la colaboración de su empresa con el gobierno de ese país. Por eso digo lo del petróleo, no es una invención mía.—Tyler ni siquiera conocía esta colaboración.
—Cierto, cierto. Pero la explotación de petróleo es una iniciativa del gobierno de Pekín, no nuestra. Ellos nos dejan investigar en sus bases. No tenemos nada que ver con lo del petróleo.—
—¿Pretende decirme que ahora son una especie de ONG científica?—
—En ningún momento. Yo sólo digo que lo de la Antártida no tiene fines comerciales que pongan en peligro el ecosistema de la zona. Es un estudio con aplicaciones en otras partes del planeta. Pero, como comprenderá, no puedo revelar la integridad del proyecto.—La explicación de Tyler no parece haber convencido al joven mexicano. De todos modos, Berger Junior da por finalizada la conferencia. No quiere más quebraderos de cabeza. Por hoy, ya está bien.

Viaje al frío (Norma Makaroff - Ushuaia, 15 de marzo de 2018)

Hace dos horas que el barco partió del puerto de Ushuaia. Todo ha ocurrido a una velocidad imposible de asimilar. Norma, junto con un destacamento de la Pacific Investment Management, viaja hacia la base en la Antártida que tantos problemas está ocasionando a Teruggi y Asociados. De madrugada, tomaron un vuelo desde el aeropuerto de Ezeiza con destino a Tierra del Fuego. Después, casi sin tiempo para acomodarse al clima del sur de la Patagonia, se embarcaron en una nave dispuesta por la empresa de Tyler Berger. No parece que sea el trabajo de una abogada acudir a este tipo de eventos, pero Norma sabe el dinero que aporta el Señor Berger a su despacho. Todo sea por el bien de Teruggi y Asociados.
El azul de los mares del sur relaja a Norma. Nadie dialoga. Sólo se escucha el ruido del potente motor de la embarcación que les transporta hacia el continente helado. Norma no aguanta el silencio. Ni siquiera sabe cómo se llama la base a la que tienen previsto llegar. Su curiosidad le obliga a levantarse de su asiento y acercarse a la cabina de mando. Por el camino se encuentra con el jefe del destacamento de la Pacific Investment Management. Tiene que preguntar:
—Disculpe, ¿cuál es el nombre de la base a la que nos dirigimos?—
—Usted es la abogada, ¿no? Creo que eso no importa. Sólo importa que haga su trabajo, que firmen los documentos y nos vayamos cuanto antes de vuelta a Ushuaia.—Alfredo Campos aparta de su camino a Norma y se aleja.
—Perdone de nuevo, insisto. Necesito saber el nombre de la base. Si no me lo dice usted, me lo dirá el capitán del barco. De todos modos, informaré de su comportamiento.—Apenas termina de hablar Norma, Campos se gira y con mirada amenazante cambia de sentido en su caminar.
—¿Me está amenazando? No sé qué extraño motivo encontró el Señor Berger para contratar los servicios de su despacho, pero, desde luego, puede informar de lo que le venga en gana. Él sabe que puede confiar en mí y en el Señor Madison. Lo que haga usted, al margen de su encomienda, me da igual. Y, créame, al Señor Berger, también.—
Las desalentadoras palabras de Campos no frenan el ansia de Norma. Pese a que no le contesta, no ceja en su empeño y, ahora sí, pretende interrogar al capitán. Al entrar a la cabina del barco escucha a un miembro de la tripulación dirigirse al capitán. No oye todo lo que dicen, de hecho, coge la conversación ya empezada, aunque escucha lo suficiente para sospechar que algo no va como esperaba. El capitán y su subordinado hablaban de chinos. ¿Chinos en la Antártida? Hay algo que Norma no sabe y lo quiere averiguar.
—Perdón, capitán, ¿chinos? ¿Qué dice de chinos?—El capitán y su compañero se alteran al comprobar que Norma acaba de entrar en la cabina. Sin embargo, pronto se serenan.
—Por supuesto, señorita. ¿Acaso no la han informado? Nos dirigimos a la base Gran Muralla. Es una base china instalada en la Isla Veinticinco de Mayo.—
—No lo sabía. ¿Una base china? ¿Qué tiene que ver eso con la Pacific? La verdad, pensé que nos dirigíamos a una base nacional, en todo caso de Estados Unidos.—
Norma no entiende nada. Es toda una novedad que la base sea china. Una empresa americana en un proyecto común con el gobierno de la República Popular China actuando en una base en suelo de la Antártida Argentina. Todo es muy extraño. Lo más sorprendente para Norma es que la Pacific le oculte información. ¿A cuento de qué tanto secretismo?

Camino a París (Duarte Vieites - Arteixo, 15 de marzo de 2018)

En Arteixo, a las 5 y media de la madrugada, el rocío se apodera de todo lo que carece de techo. Los parabrisas de los coches de los trabajadores del Grupo Inditext están cubiertos de una finísima capa de escarcha. Duarte Vieites aún no ha firmado el contrato que le vincula a la empresa de Amancio Ortega. Espera, impaciente, en al otro lado de la reja que separa el aparcamiento de camiones de la carretera común. De pronto, el vigilante le hace un gesto para que se acerque:
—¿Le puedo ayudar en algo?—
—Estoy esperando. Me dijeron que me presentase aquí. Soy un transportista nuevo. La verdad es que no sé a quién me debo dirigir.—Duarte mide sus palabras. El nerviosismo le puede.
—Pues pase, pase. ¿Ve las cocheras? Espere por ahí. Vendrán pronto.—
—Gracias. Eso espero, hace un frío de muerte.—Duarte se frota los brazos.
La espera mina el alma inquieta de Duarte. Quiere acción. Estar parado de pie esperando a un desconocido le consume por dentro. Camina de un lado a otro buscando un poco de calma. Al cabo de quince minutos llega un hombre. Bajo, algo rechoncho y de bigote negro.
—Rapaz, eres el nuevo, ¿no?—
—Soy, sí. Encantado de conocerle. Me llamo Duarte Vieites. Me dijeron que aquí me indicarían que debo hacer.—
—Yo soy Moncho, tanto gusto. Aquí lo que tienes que hacer es conducir y cumplir con lo que te pidan. El viaje a Francia es habitual, ya te acostumbrarás. Pero vente a tomar un café, hombre, que hasta las seis no empieza a funcionar esto.—
Un café nunca está de más. A no ser que seas un tipo extremadamente nervioso, como es el caso de Duarte. De todos modos, acepta, ¿qué otra cosa podría hacer hasta las seis? De Moncho todavía no sabe si es su jefe o su compañero. Al menos, parece simpático. Tiene que tranquilizarse. Queda mucho día por delante y debe mostrar serenidad. Anoche, estuvo mirando por internet las entradas a París y se quedó asombrado de la cantidad de tráfico que genera la Ciudad de la Luz. Lo cierto es que este viaje le da miedo. Teme no estar a la altura de las expectativas. Ojalá todo vaya bien, se dice.
Moncho se detiene junto a una máquina de café. No era lo que esperaba Duarte. Él quería ir a una cafetería. Sin decir nada, Moncho compra dos capuchinos. Duarte odia el capuchino. Detesta tener que retirar la espuma que no deja ver el café. No obstante, el olor que desprenden estos dos es especial. Están muy cargados de canela. Eso compensa la espuma. Duarte toma el vaso de plástico en la mano cuando Moncho se lo ofrece. Quema. Le da las gracias a su nuevo conocido.
—No es muy bueno, pero es lo que hay. Y tú, ¿qué hacías antes?—
—¿Antes de qué?—El nerviosismo de Duarte le hace dudar hasta de las cuestiones más obvias.—Supongo que dices antes de trabajar aquí.—Rectifica a tiempo.—Pues, realmente, nada, estaba en paro.—
—Ya, pero antes, antes de estar en paro. Algo harías, ¿no?—Moncho sigue interrogando.
—Un poco de todo. Según salían las cosas.—No quiere mentir, pero Duarte tampoco quiere revelar que estuvo en la cárcel.
Moncho mira con desconfianza al nuevo camionero. De un sorbo, ingiere la infusión. Después, emite un sonido de satisfacción, un ah prolongado que responde más al deseo de hacer algo que al sabor del café. Duarte consume su bebida con menos rapidez. No puede apartar la vista de la parte trasera de un tráiler que sobresale de un garaje. Tiene la mirada perdida. Sólo piensa en lo que vendrá luego. No existe el presente ni el pasado para Duarte, únicamente el futuro.

En la peluquería (Ife Adu - Ado Ekiti, 14 de marzo de 2018)

Ife prefiere el rito de la peluquería al ifá. Todos los sábados por la mañana acude a casa de Jaiyesimi. Su amiga destina parte de su vivienda a la peluquería. Es tan acogedora como simple. Tres taburetes, un espejo, un secador de pelo y, eso sí, cuatro paredes empapeladas con fotos de famosos. Un gran póster de un Seal de los años 90 sobresale por encima del espejo en el que Ife contempla los progresos de su peluquera habitual.
—Yo creo que unas mechas malvas te quedarían genial.—Jaiyesimi trata de innovar con la cabellera de Ife. Su nombre, "deja que el mundo descanse" en yoruba, significa justo lo contrario a su personalidad hiperactiva.
—A ver, Simi, que no. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? Si sigues insistiendo me voy. Y no vuelvo. Poner trenzas malvas... ¡A mí, no!—
—Cambia un poco el look, mujer. Tienes que destacar o se te va a pasar el arroz. Ya tienes 19 años. Espabila.—Tomike ocupa otro taburete. Ella no está en casa de Jaiyesimi para arreglarse la melena, sino para cotillear. ¿Qué mejor que ir a la peluquería para intercambiar opiniones?
Kokumo, la cuarta en discordia, contempla impasible la escena. Ella sí espera su turno. Y le gustan los chismes, aunque no tanto como a sus amigas. Mira con envidia a Ife. Le gustaría tener la belleza y la juventud de su conocida. Se imagina las puertas que se le abrirían con la presencia de Ife. Está deseando viajar a Londres y buscar un futuro allí. Sería magnífico un trabajo como azafata de congresos, piensa mientras clava sus ojos en el hermoso rostro de Ife. Ella sola no, pero con Ife de compañera de viaje, tal vez.
—En Londres es lo último. Mechas malvas. Aunque a ti no te hacen falta, ni malvas, ni verdes. Tú ya eres guapa sin ningún complemento. Ni siquiera necesitas maquillaje.—Kokumo rompe su silencio para halagar a Ife.
—¡Mira tú a Kokumo! Si al final le van a gustar las tías, ja, ja, ja, ja.—Jaiyesimi no para de reír. Su risa contagia a todas menos a la que es el centro de la burla.
—Sólo digo que Ife es mucho más guapa que nosotras y que ni tu ni Tomike estáis autorizadas para dar consejos de belleza a una mujer que supera ampliamente en ese campo.—
—Si te gusta, se lo dices en la intimidad. No nos dés este espectáculo, Kokumo.—Tomike carga de nuevo contra la aduladora y Jaiyesimi e Ife le acompañan con sus carcajadas.
—Bueno, ya veo que hoy la tomasteis conmigo. Cuando acabes con Ife me avisas, que tengo cosas que hacer en vez de estar sentada aquí como un pasmarote para vosotras.—Kokumo, enojada, se levanta del taburete y se va de casa de la peluquera.
—No te enfades, no es nada personal. Sólo que nos aburríamos. No te enfades.—Ife intenta calmar a su amiga antes de que abandone el lugar. No puede girar el cuello, Simi está con las tijeras en acción, por lo que no se da cuenta que Kokumo ya no está en la peluquería.
—Se fue, pero si quieres algo más, puedes ir a buscarla cuando termine contigo. Nunca vi besarse a dos mujeres.—Jaiyesimi vuelve a reír. Esta vez sólo la acompaña Tomike.

Una proposición ¿indecente? (Nadya Suslova - San Petersburgo, 14 de marzo de 2018)

Se ve a kilómetros que no es uno más. La PDA de última generación que airea mientras discute con el que parece su asistente supone seis meses de trabajo para Nadya. Los zapatos, de hechura clásica y sin distintivos de marca, otros dos meses más. El pantalón, gris marengo, deja entrever en el borde de sus bolsillos italianos el logo de Emporio Armani. La camisa, de color azulón, lleva bordado "Versace" a la altura del pecho, aunque las letras están cortadas por arriba. Su reloj, cómo no, es un Rolex. Lleva un pendiente de diamantes, esa es la impresión de Nadya. Y gafas de sol. También con el logo de Armani. Nadya piensa que hay dos opciones: o compra falsificaciones en el mercadillo o está ante un auténtico millonario. 
El personaje en cuestión, tras despachar de un modo brusco a la persona con la que hablaba, se dirige a recepción. Nadya, claro, está nerviosa. Aunque el Sokos es un hotel caro y los clientes adinerados abundan, algo le dice que éste es especial. Trata de calmar los ánimos, la presencia de alguien con tanto dinero le impone mucho respeto. Una mala contestación y el gerente del hotel la pondría de patitas en la calle en milésimas de segundo.
—¿Cuál es su nombre señorita? ¿Con quién tengo el placer de conversar?—El caballero misterioso retira las gafas y deja ver unos ojos de un azul intenso extraordinario.
—Nadya, Nadya Suslova, señor. ¿En qué le puedo ayudar?—La voz de Nadya tiembla a pesar de su esfuerzo para que eso no suceda.
—Señor, no, por favor. Para ti soy Shasha, Nadya. He estado parado antes allí, en la entrada, y no he podido evitar fijarme en ti. Eres muy guapa, Nadya.—
—Gracias, señor. Dígame, ¿en qué le puedo ayudar?—Nadya se ruboriza, pero no pierde las formas.
—¡Te he dicho que no me llames señor!—El elevado tono empleado por el desconocido la asusta.—Soy Sasha, ¿entiendes? Sasha Surikov, si quieres mi apellido. Tutéame, ¿vale?—Nadya asiente con la cabeza.—¿Has pensado alguna vez en sacarle partido a ese regalo de Dios?—
—¿A qué regalo, señor? Perdón, Sasha.—
—¡A ti! ¡A tu cuerpo! ¡A tu cara!—Surikov vuelve a perder los nervios.—Mírate. Eres preciosa. Estás desaprovechando tu vida en esta recepción de hotel. Yo puedo ofrecerte algo mejor.—
—Soy feliz aquí. No necesito nada mejor, gracias.—Nadya se sorprende de la risa de Surikov tras oír su rechazo.
—¿No necesitas nada mejor? ¿Estás segura? ¿Cuánto ganas al mes?—
—Ocho novokat.—Surikov ríe de nuevo.
—Yo puedo ofrecerte diez veces tu sueldo. Y sólo por ser tan bonita.—
—¿Haciendo qué?—
—Pues, cielo, ¿tú qué crees que da tanto dinero? Seguro que lo harás muy bien. Tú puedes.—
—Por favor, váyase. ¡Váyase ahora mismo!—Nadya señala la puerta principal enérgicamente. Su grito se escucha en toda la planta baja. Compañeros y clientes miran extrañados.
—Infeliz. ¡Bah!—Surikov realiza un gesto de desprecio con su mano derecha y se va sin más ruido.
Nadya se avergüenza todavía más. Todos la están mirando. Desde la computadora, envía la orden de impresión de un formulario para tener una excusa y abandonar la recepción. Necesita respirar y eliminar esos mofletes colorados que siente arder. Mientras se tranquiliza en el despacho de contabilidad, medita sobre lo que acaba de ocurrir. Le repugna la idea de prostituirse, pero ochenta novokat es una auténtica fortuna. Tiene una sensación agridulce. Quiere reafirmarse en su postura, aunque al pensar en el dinero, se le hace muy difícil. Ochenta novokat, ochenta novokat, ¡ochenta!

El Templo Dorado (Fauja Singh - Amritsar, 14 de marzo de 2018)

A veces, los seres humanos nos preguntamos por el motivo que propició que las cosas sean como son. El porqué de la vida, de las consecuencias de las acciones, de la muerte, de las desgracias. Las religiones intentan explicarlo todo, con mayor o menor misticismo, y gente como Fauja Singh les da su voto de confianza. Por eso, cada visita al Hamandir Sahib, el Templo Dorado, le acerca a lo que él llama "la cúspide del conocimiento". Porque lo real es únicamente lo que nosotros precibimos como tal y Fauja así lo siente. 
Sus hijos aún están formando su realidad trascendental. No se hacen grandes preguntas, como muchos de nosotros, simplemente viven su vida. Fauja se las hizo y su padre le contestó siempre con el sijismo como bandera. Las apreciaciones de su progenitor fueron bien recibidas por el arrocero y, como buen alumno, trata de transmitir las enseñanzas a sus descendientes. El sijismo es su explicación de la realidad y quiere que también lo sea para sus hijos.
Fauja contempla atento las caras de sus pequeños. Ninguna refleja nada nuevo. La estancia en el Hamandir Sahib no parece haberles afectado demasiado. Sabe que debe tener paciencia. Pero no la tiene:
—No os veo muy entusiasmados. Somos unos privilegiados. Vivimos en Amritsar, la ciudad en la que se construyó el Hamandir Sahib. Espero que, aunque no lo sepáis valorar ahora, sí lo hagáis en el futuro. Sois jóvenes e ignorantes, pero eso no va a ser siempre así.—Las miradas de incredulidad de los críos no frenan el discurso de Fauja.—Hay una razón para todo. Vosotros debéis encontrarla. Nada es gratuito, todo tiene sentido. El camino es la armonía y la paz. Sois mis hijos y hasta que entendáis esto no seréis unos hombres.—
Ni una palabra de respuesta. Nadie contradice a papá. Ajay Singh, el más joven, va de la mano de su padre. Le mira con sus ojos oscuros como platos. No entiende el significado del día que ha decidido compartir con ellos, pero sabe que es importante porque su procreador presenta un semblante serio. Ajay sólo tiene cinco años y ya comprende cuando debe mostrar respeto por sus mayores. En días como el de hoy por ejemplo. Así lo hace. Escuchando. Con eso, piensa, bastará para contentar a papá.
A la orilla del lago, la familia detiene su caminar. Jagjit, el mayor de los vástagos de Fauja, rompe el silencio:
—Papá, ¿por qué paramos aquí? ¿Por qué nos trajiste a los tres al templo? Ellos son pequeños, unos bebés, no comprenderán nada de lo que tratas de inculcarles. Yo sí, ya soy un hombre.—Jangjit mira de reojo a Ajay y a Hargobind.
—Tú no eres un hombre. Un hombre no necesita preguntar los porqués de las cosas. Un hombre elige un camino y lo sigue. Aprende los porqués y no los formula, sino que se los explica a los niños para que ellos también hagan lo mismo en un futuro. Un hombre no busca ser especial entre sus hermanos ni pretende ser lo que no es ni será. Un hombre acepta la realidad, la entiende y se la hace saber a los que le rodean. Yo soy un hombre, hijo; a ti, te queda mucho para serlo.—
Cabizbajo, Jangjit se lamenta. La reprimenda moral de su padre le duele. Siente vergüenza, que se acrecienta  al notar la burla con la que le castigan con sus sonrisas sus hermanos. No era necesario, cree Jangjit, que su padre se dirigiese a él en esos términos tan drásticos. La vida no es es así, se dice; los hombres no tienen tan claras las cosas. Desde luego, él no. 

Mejor que nada (Duarte Vieites - A Coruña, 14 de marzo de 2018)

La llamada de Carlos fue una sorpresa. Duarte aún está digiriendo las novedades. Su amigo le ofreció un trabajo. Por fin. Ahora, Duarte, que dijo que lo pensaría, debe rechazarlo o aceptarlo. Carlos le dio una hora para reflexionar. Necesita un camionero ya para cubrir la contrata con Inditext: llevar ropa de Zara a la distribuidora de París. Uno de sus hombres falleció repentinamente y se ve obligado a cubrir su baja de con la misma celeridad.
—Hola, Carlos, soy yo de nuevo.—Duarte casi consume el plazo que le otorgó su amigo para llamar.—Oye, que sí, que acepto. Nunca hice de camionero, pero creo que lo haré bien. Te agradezco que te acordases de mí, sobre todo, con lo mal que lo estoy pasando estos días.—Un trabajo es mejor que nada, cree Duarte.
—No importa. No hay nada que agradecer. Necesitaba cubrir ese puesto rápidamente y supe que podía contar contigo. Mañana a las seis de la mañana, tendrás que venir por Sabón a coger el camión. Ya estará cargado con la mercancía. Tienes que llevarla a Saint-Denis, en las afueras de París. Vas acompañado de una flota de otros seis camiones. No debes tener ningún problema. Confío en que todo salga bien.—
—No habrá problemas. Nunca he estado en Francia. Con este trabajo, también haré turismo.—La tímida risa de Duarte no obtiene respuesta al otro lado del teléfono.—En fin, que me alegro mucho de que me dés esta oportunidad. No te fallaré. Gracias, mil gracias, Carlos.—
—Por nada, Duarte. Tú cumple y yo cumplo. Así de simple. Cúidate. Ya te irá indicando el jefe de equipo los transportes siguientes. Felicidades. Chao.—
—Chao, jefe. Graciñas, tío.—Duarte se despide de su amigo, convertido ahora en su patrón.
Todavía con la alegría en el cuerpo, Duarte ya piensa en liberar adrenalina en el gimnasio. De todos modos, el corazón le late a un ritmo fuera de lo común, parece que le va a estallar. En estas condiciones, lo ideal no es ponerse a hacer puños con un saco de arena. Pero él lo necesita. Es su forma de celebrar el triunfo que supone estar de nuevo con empleo.
Mientras prepara la mochila para cambiarse en el gimnasio, Duarte se acuerda de que mañana por la noche, París acogerá una velada de K1. Excelente coincidencia. Nada más y nada menos que el hijo de Ernesto Hoost, su ídolo, debutará en la categoría. Robin Hoost es una de las mayores promesas de la disciplina que combina el muay thai, kárate, taekwondo, kickboxing y boxeo. Si dispone de dos horitas tras hacer su trabajo, intentará asistir al evento. Cueste lo que cueste. El estreno del hijo del gran Hoost merece su presencia. Y estará.

Globalización (Galarrwuy Wirrpanda - Hermannsburg, 14 de marzo de 2009)

—No entiendo cómo se lo pueden ocultar a todo un país.—Galarrwuy Wirrpanda comenta con su mujer las noticias. Le sorprende que el asesinato del presidente de Senegal se difunda en el mundo erróneamente conocido como Occidente antes que en el propio país donde sucedió.
—La gente no está pendiente de la tele todo el día, sólo yo.—Raymattja, su mujer, sonríe.
—Aún así, en 2018, con la globalización que tenemos, con noticias al momento hasta en el papel higiénico, ¿cómo puede estar Senegal entero desinformado?—
—Mira, dicen que censuró la información el gobierno senegalés.—Raymattja calla y los dos prestan toda su atención al locutor de la CNN Australia. La administración de Senegal, temiendo que el pueblo wolof culpase a los activistas de Casamance del asesinato, hace todo lo posible para ocultar la información. Hasta que sea inevitable. Es de madrugada en Australia, las dos. En Senegal, todavía son las cuatro de la tarde.
El asesinato de Abou M'Baye acaba de producirse. En el noticiero, explican que el gobierno senegalés intenta que el país siga tranquilo hasta la puesta de sol. Ese tiempo lo aprovechará para, cuidadosamente, controlar las calles y mañana, lanzar un toque de queda.
Los acontecimientos superan a Galarrwuy. Le resulta completamente incomprensible que, con la televisión digital e internet, los senegaleses no se enteren de lo que ocurre. El conflicto étnico entre wolofs y diolas era algo desconocido para él. Pero no cree que los dirigentes africanos logren su objetivo de engañar al pueblo. Tampoco considera acertada la decisión de ocultar el magnicidio. Con los datos que ahora posee, Galarrwuy predice una guerra civil.
—No va a salir bien. Cuando la gente sepa lo que pasa, saldrá a la calle. Cuando sepan que su gobierno les ha mentido, se volverán locos e incontrolables. No habrá ejército que les pare los pies. Y, si es verdad lo que dicen los periodistas del problema étnico, el asesinato de su presidente desembocará en una guerra. Sin arreglo.—Las palabras de Galarrwuy son negadas por su mujer con un simple movimiento de desaprobación con su cabeza.
—Siempre te pones en el peor de los casos. Quizás, todos no, pero mucha gente puede llegar a la noche sin saber nada. Ahí ya estarán los soldados en la calle y será más fácil contener a las masas enfurecidas. Además, ¿tú sabes si era buen presidente?—Raymattja vuelve a sonreír.
—Con eso no se bromea, Mattja. Bueno o no, no es forma de acabar con su mandato. Y te recuerdo que esto no es nuevo. El ser humano es su peor enemigo. De lo mínimo crea una cuestión vital y se enzarza en luchas inútiles. Todos somos hermanos. Hay que hacérselo ver. Conociendo la verdad, no habría guerras.—Galarrwuy reposa su cabeza en el sofá de tal modo que su vista queda fija en el techo. Parece que está en trance.
—Ay, el filósofo. ¿Ya tienes el remedio para acabar con los males del hombre? Pues te diré yo otro: si me echases una mano en casa, yo ya estaría metidita en cama y no planchando en la sala mientras tú ves la tele tomándote una Carling. ¿No crees que eso sería positivo para el ser humano?—Ahora, el que sonríe es Galarrwuy. Raymattja acaba sucumbiendo al gesto de su marido y le acompaña con la mueca, restándole importancia a la reprimenda que le acaba de regalar.

La víspera (Délia Lotto - Salvador, 14 de marzo de 2018)

Las tardes en la playa de Itapuã llegan a su fin. Délia, matriculada en el Máster de Biología Marina de la Universidade Federal da Bahia, comienza las prácticas mañana. El suyo es uno de los mejores expedientes, lo que le permitió elegir el lugar de realización: los Abrolhos. Se trata de un archipiélago de origen volcánico al sur del estado de Bahía. El Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Energías Renovables controla el parque nacional marino con el apoyo del ejército. Délia permanecerá bajo las órdenes de biólogos de la Marina Brasileña con el objetivo de estudiar a las yubartas, las ballenas jorobadas, frecuentes en la zona. Sin embargo, ella está ilusionada por poder bucear en un universo de corales, lo cetáceos no son su pasión.
Délia está preparando la maleta. Su padre espera impaciente en la sala. Él será su chófer hasta el puerto de Caravelas. Allí tomará un barco hasta los Abrolhos. No es época de ballenas, ya que su migración empieza en julio, pero, en esta ocasión, una yubarta, a la que bautizaron como Guarita por la isla desde la que la avistaron por primera vez, permanece en aguas brasileñas. Los científicos están estudiando su comportamiento, labor a la que se unirá Délia durante un mes.
El viaje hasta la isla de Santa Bárbara le llevará todo el día. Es lo que molesta a su padre, Adriano. Tendrá que pernoctar en Caravelas y eso no le apetece. Pero no hay remedio, sería una locura volver en coche y recorrer otros mil kilómetros de vuelta.
A Délia le preocupan otras cosas. En Santa Bárbara, de menos de dos kilómetros cuadrados de extensión, hay una capilla, un faro y unas cuantas viviendas de militares y científicos. ¿Qué hará cuando no esté trabajando? Si la convivencia es mala, ¿dónde se puede refugiar? A pesar de todo, ella sabe que la decisión de ir a los Abrolhos es la correcta. Charles Darwin, su ídolo, llegó con el Beagle en 1832. Délia desea acercarse a la trascendencia de los descubrimientos del naturalista inglés.
Entre las pertenencias que se lleva a la isla, Délia incluye un libro sobre las yubartas, "The Humpback Whale Blue Way". El documento describe los hábitos reproductivos de esta especie. A Délia, que ya comenzó a leerlo, le llama la atención que las ballenas jorobadas lleguen desde la Antártida a Brasil para escapar de sus depredadores. Tanta distancia para procrear tranquilas en aguas más cálidas.
Los científicos del ejército ya le habían comunicado el motivo del estudio. La ballena Guarita es una excepción y tratan de conocer el motivo de su permanencia en aguas brasileñas. Una expedición de científicos partirá en una semana hacia la Antártida para hacer un seguimiento a las compañeras de Guarita, que sí regresaron a su punto de origen. Siete días de corales, llegan. Eso cree Délia. Sería maravilloso poder formar parte del destacamento que vaya hacia el continente helado. Por el momento, es el cuento de la lechera. Délia todavía sigue en Salvador, haciendo una maleta que no parece tener fin.

Entre algodones (Li Fang - Hong Kong, 14 de marzo de 2018)

—Extiende la povidona yodada untada en algodón por la herida. ¿Ya la limpiaste bien con agua oxigenada?—El padre de Fang disfruta ordenando a su mujer.—Lo mejor será ir pronto al hospital.
—¿A cuál? Todos están lejos.—La madre de Li Fang intenta desinfectar la hendidura que se provocó su hija en la mano al cortar unas verduras para la cena.
—Al Canossa. Creo que es donde mejor la tratarán. Estando Cáritas detrás, ..., sin duda.—Li Hong, como buen patriarca, toma la decisión.
—No sé como queréis echarle povidona, ¡no paro de sangrar! Si vamos a ir a un hospital, tenemos que ir ya.—
—Tranquila, Fang. Tu padre ha llamado a un taxi. Está de camino.—
—Mamá, ¿de camino? Ya tendría que estar aquí.—Fang no es tan paciente como su madre.
A los dos minutos, suena el timbre del portal. Es el taxista: está abajo esperando. Hija, padre y madre abandonan el piso a las carreras y, tras una larga espera por el ascensor, llegan al taxi. Allí, un sonriente conductor les ayuda a acomodarse. El destino está claro.
La radio del vehículo está encendida. Unos intelectuales discuten acerca de la forma en la que el gobierno chino está empleando los fondos públicos. Hong Kong sigue fiel a su condición de regreso a la República Popular China: un país, dos sistemas. Aquí, todavía está vigente la distinción radical entre fondos públicos y fondos privados. Los contertulios que dialogan en el programa que suena en el taxi están de acuerdo en que el gobierno chino sólo debe intervenir en la economía de Hong Kong como un salvavidas. También coinciden al afirmar que la financiación de investigaciones científicas fuera del territorio nacional supone un despilfarro. Hablan de una expedición en la Antártida cofinanciada con la Pacific Investment Management, la última aventura de los administradores de la región especial hongkonesa.
—Ahí seguro que habría hielo. No como en nuestra nevera.—Hong refunfuña y mira directamente a su esposa.
—Tengo que estar en todo. También podrías haber rellenado los cubitos tú.—
—¡Escuchad! Dicen que esa expedición, la de la Antártida, puede ser trascendental. Si Hong Kong descubre petróleo, sería petróleo chino, da igual que esté en territorio argentino. Eso sería una noticia espléndida.—La recesión económica en China ha sido brutal este año. Fang deja ver su lado patriótico sin dejar de presionar con una toalla en la herida de su mano.
Los analistas radiofónicos se postulan en contra de emprender nuevas iniciativas similares a la que se está realizando en el continente austral. Opinan que el riesgo a venir con las manos vacías justifica la inhibición. Aún así, reconocen, todos menos uno, que si se llegase a descubrir un yacimiento petrolífero relevante, lo lógico sería continuar con esa línea de actuación.
Fang escucha con atención. La Antártida, ese lugar mágico en el que el hombre no pudo reinar. Se imagina un paisaje blanco con destellos azulados. Un universo de hielo sin personas. Bajo un cielo despejado y con un aire puro, casi angelical. La antítesis de Kowloon. Sin estrés, sólo con tiempo para vivir. Le hubiese gustado ser una expedicionaria más. Con la mirada perdida en el trajín de la ciudad, Fang deja volar su imaginación. Ni el ruido atronador de la fuerte lluvia que castiga Hong Kong consigue hacerla despertar de su fabulación.

Desayuno inglés (John Owen - Liverpool, 14 de marzo de 2018)

Le quedan dos días de vacaciones. John no ha aprovechado esta semana de descanso y se compromete a cambiar su dinámica estas dos jornadas que le restan. Aunque no tiene la obligación, hoy, madruga. A las cinco y media de la mañana, John ya está desayunando. Un buen desayuno inglés, como es de ley. Él mismo prepara la panceta frita, las judías estofadas, los huevos fritos, las salchichas y la salsa para carnes. Le gusta desayunar fuerte viendo la televisión, sobre todo, cuando no tiene que trabajar.
Zapea sin ton ni son. Mientras cambia de canal, su estómago le dice que un cruasán de chocolate no estaría mal para rematar la comilona. Claro que todo esto lo habría que regar con una pinta de Carling y un té negro. John da buena cuenta del suculento tentempié sin preocuparse en demasía por lo que sale en la pantalla, pues no hablan del Everton.
El noticiero de la BBC comenta la muerte del presidente de Senegal. John presta la mínima atención. Otro golpe de estado más en África, piensa. Sin embargo, súbitamente, se atraganta con las alubias: el corresponsal del informativo británico es su hermano Paul. De inmediato, para de comer y telefonea a Paul. ¿El prefijo de Senegal? John tiene que detenerse y revisar en su portátil cuál es el número para llamar a Dakar desde Inglaterra. Finalmente lo encuentra. Marca el 221 y el número del móvil de su hermano.
Paul no contesta. Normal. Hace dos segundos que realizaba una conexión en directo para la televisión británica. No obstante, John Owen insiste. Al fin, su hermano atiende la llamada:
—¿Sí?—
—¿Pero qué coño estás haciendo en África?—John está alterado.
—Trabajar, John, trabajar. Soy periodista e informo. Me pagan por esto, ¿entiendes?—La voz de Paul transmite disgusto.
—No avisaste a nadie de la familia. Casi vomito el desayuno. Pongo la tele y te veo a ti allí, en África. Tú estás chalado. ¿Quieres que te maten?—
—Afortunadamente, querido hermano, en África vive gente, no todos mueren por el mero hecho de residir aquí. Además, estoy en Senegal, Se-ne-gal. África no es un todo homogéneo. Y, para tu información, te diré que no corro ningún peligro y que, si así fuese, pues, bien por mí. Es mi trabajo, mi responsabilidad también, y asumo todas las consecuencias.—El tono de Paul no varía.
—¿Consecuencias? Las consecuencias son muy limitadas. Te van a pegar un tiro. Esa es la única consecuencia. Haz el favor de volverte a Inglaterra. Ya tienes una edad para jugar a los soldaditos.—
—Ya que lo dices, vuelvo el día 30 de este mes. Pero no voy directamente a Londres, estaré una semana en París. Cosas del trabajo.—Paul ríe. Se regodea de la desesperación de su hermano. Su estancia en París, seguramente, aumentará el enojo de John.
—Perfecto. A París. ¿No te paraste a pensar en que, a lo mejor, lo más prudente es irte a París hoy mismo? Paul, vuelve, por favor. Vuelve ya.—
—Gracias por llamar, John, y por preocuparte por tu hermanito. Sé lo que tengo que hacer. Estate tranquilo en tu sofá. Aquí no pasa nada de extrema gravedad. Regresaré de una pieza en abril para llevarte un regalo de cumpleaños con un toque africano.—Paul trata de calmar a John. Se da cuenta de que su actitud altera todavía más a su hermano.
—Me tienes muy preocupado. Supongo que recapacitarás y abandonarás el país en breve. Por tu bien. Te lo suplico. Vuelve.—
—No hay problema. Relájate, John. Dale saludos a mamá. Nos vemos en abril. Chao, toffee.—
—Hasto pronto, Paul. Cúidate.—John Owen se despide resignado.
Al mismo tiempo que hablaba con Paul, John miraba de reojo las noticias. Los analistas vaticinaban una pronta guerra civil si el parlamento no lograba apaciguar los ánimos de la etnia wolof, que culpaba a los diola de la muerte de Abou M'Baye. Él no tiene ni idea de qué conflictos hablan. ¿Wolof? ¿Diola? Si hasta hace cinco minutos no tenía claro que Senegal fuese un país. A partir de ahora, prestará mucha más atención a las noticias que lleguen de Dakar. Su hermano le ha amargado los dos días de vacaciones que le quedaban.

En 48 pulgadas (Latif Seck - Dakar, 14 de marzo de 2018)

Televisión y fútbol. Si se dan estos factores, el bar de Malick se llena. Es el caso. Se disputa un partido de la Liga de Campeones: Milan-Chelsea. Latif, evidentemente, no se pierde la cita. Varios compañeros del Xam-Xam lo acompañan. Toman un refresco mezclados con los vecinos del barrio mientras comentan el desarrollo del encuentro. La pasión por el fútbol de Latif es desmedida. Le encanta el Milan. A Petisco, otro de los integrantes del equipo del distrito de Bel-Air, no. Él siempre tuvo simpatía por el Chelsea. Eso anima mucho más la velada.
—¿Viste lo que acaba de hacer? ¡No me lo puedo creer! A bote pronto, remató casi sin ángulo. ¡Increíble!—Latif sobredimensiona una jugada de Andrea Invernizzi, su ídolo.
—A ver, es lo único que ha hecho en este partido. No hay color, hombre. El Milan no tiene nada.—Petisco critica al equipo rossonero justo cuando el árbitro pita el final de la primera parte. Empate sin goles.
Latif sonríe a la camarera por lo que pueda pasar. No hay que cerrarse puertas, se dice. Después, vuelve la vista hacia la pantalla del bar. Emiten las noticias. Un boletín breve aprovechando la parada del fútbol.
El alboroto del local disminuye drásticamente cuando sale la imagen del presidente del país, Abou M'Baye. El rótulo del informativo no deja lugar a dudas: M'Baye asesinado en viaje oficial. Los rostros de preocupación inundan el bar. Nadie puede atender a otra cosa que no sean las 48 pulgadas del televisor de Malick. Poco a poco, se hace el silencio.
La voz en off escupe datos sobre el incidente que no logran asimilar. Abou M'Baye había tomado posesión del cargo la semana anterior. Un miembro del Parti Démocratique Sénégalais condenaba el asesinato, aunque no especulaba sobre su autor. La Kasa. Los clientes del bar culpaban en voz alta a los terroristas de la región de Casamance. Dakar ha sufrido cuatro atentados este mes. Todos fueron atribuidos a Cákon-Wanosan, la organización paramilitar diola.
Latif está preocupado. Una especie de psicosis se había apoderado de Senegal desde que Cákon-Wanosan comenzó a matar. Lo que pensaba que era un hecho puntual se ha convertido en costumbre. Triste costumbre. La muerte del presidente le afecta. M'Baye era un reformista. Había prometido la paz con los rebeldes de Casamance. En sólo una semana, había iniciado unos cambios en el sistema de salud pública reclamados durante décadas. Él vivía con ilusión el mandato de M'Baye. Creía que todo mejoraría. Sin embargo, la noticia de su defunción le consumía en el desepero.
Petisco es de Cabo Verde, aunque vive en Senegal desde hace diez años. Suficientes para darse cuenta del drama nacional que supone este magnicidio. Lo peor será la reacción del pueblo wolof. Lo sabe él y lo sabe Latif. Hay cuatro jugadores del Xam-Xam que son de etnia diola. Dos de ellos, nacieron en Ziguinchor, la capital de Casamance. Petisco se acuerda de ellos en estos momentos de confusión.
A la Latif no le preocupan los compañeros de equipo. Las noticias no lo confirman, pero todos están convencidos de que el culpable es Cákon-Wanosan. Si los terroristas pueden matar al presidente, ¿qué no pueden hacer? Asimismo, eliminar a M'Baye supone un paso atrás en el proceso pacificador. De demostrarse que el asesinato del líder wolof es responsabilidad de un grupo radical diola, la violencia arrasará el país. La tensión acumulada entre wolofs y diolas es tal que un episodio como éste daría pie a una guerra civil. Y Latif no quiere estar en Dakar con las calles manchadas de sangre. Es momento de pensar en huir, porque todo apunta a que se ratificarán las previsiones más pesimistas. Adiós, Senegal.

Laburo (Norma Makaroff - Buenos Aires, 14 de marzo de 2018)

Norma acordó ayer reunirse con su jefe, Guillermo Teruggi, para tratar un tema de contratos. La compañía norteamericana Pacific Investment Management, una de las principales clientas de Teruggi y Asociados, tiene un problema contractual. Había contratado a veinte científicos para realizar una investigación en la Antártida Argentina, una encomienda que duraría tres meses. Al mes y medio de comenzar el trabajo, el jefe de la expedición, Anthony Madison, acordó con Michael Berger, propietario de la Pacific, el cese de la actividad. Fue un acuerdo verbal y siete de los científicos se niegan a abandonar la base. Quieren exprimir el contrato firmado con la financiera estadounidense. Anoche, Teruggi fue informado de la muerte de tres de los científicos. Éste podría haber sido el motivo del cambio de planes del hombre fuerte de Berger en la Antártida. Pero no hay noticias de la naturaleza de los fallecimientos, por lo que ni Norma ni su jefe se apresuran a juzgar la situación y establecer soluciones inmediatas.
—Como te dije ayer, algo pasó en la expedición que Berger la quiere dar por terminada. Le pregunté por cómo habían ocurrido esas muertes y no obtuve respuesta alguna. Me dijo "no me venga con pelotudeo, es un tema privado y punto". La verdad es que hay unos contratos firmados y en ellos no se recoge una posibilidad de finalizarlos diferente a que venciese el plazo de la expedición. Y la muerte claro. Berger nos pide, aconsejado por su encargado en la Antártida, que busquemos alguna argucia legal para obligar a todos los científicos a abandonar la misión. ¿Qué creés vos que podemos hacer?—
—Mirá, yo soy apenas un pichi acá. Es un caso complicado. Si no hay sinceramiento por su parte, difícil, Guillermo.—Hay buena relación entre Norma y su jefe, lo que le permite tratarlo con familiaridad.—Esto son problemas del año del jopo, porque hay un contrato firmado, ¿sí? No se puede hacer nada.—
—Me pintó aclararlo con Berger ayer cuando me telefoneó. No pude. Vos sabés como es este yanqui. Él nos paga para este tipo de escenario. Para resolver. Tenemos que hacer el aguante a los que quieren volver. Pienso que tenemos que ser dialoguistas con los otros. Y pienso que vos sos la indicada para esto.—Teruggi señala a Norma, que se hace la sorprendida aunque no lo está.
—Dale. No soy la indicada, pero, bueno, lo hago porque me lo pedís vos. Intentaré hablar con alguno de los rebeldes. ¿Tenés su número?—
—Y claro, está marcado en la agenda. Hay un doctor en Biología, Jorge Klimovsky, que parece que es el que los lidera de alguna forma. Quizás convencerle sea nuestra oportunidad.—Mientras habla su superior, Norma ya marca el número de contacto.
—Al habla Klimovsky, ¿quién llama?—Apenas suena la señal de línea y ya contestan a la llamada.
—Norma Makaroff, de Teruggi y Asociados. Hablo en representación de Pacific Investment Management. Me pidieron que me comunicara con ustedes para negociar los términos en los que quieren abandonar la expedición.—
—No es posible. No vamos a irnos. Vinimos aquí pensando en hacer algo importante, ahora, vemos que esto supera las espectativas. Lamentamente, cayeron tres compañeros, pero eso no cambia nada.—
—Lo cambia todo, señor Klimovsky. Michael Berger, la persona que organiza y sufraga este estudio en el hielo, decidió ponerle final. Sabemos que hay un contrato firmado, pero quiere negociar su rescisión.—Norma nota un tono firme en su interlocutor. Supone que será un acuerdo difícil de concretar.
—Éste es mi laburo, señorita. Nada me hará cambiar de parecer. Que tenga un buen día.—Sin más explicaciones, Jorge Klimovsky le cuelga a Norma.

Resaca informativa (Tyler Berger - Newport Beach, 14 de marzo de 2018)

Le duele todo el cuerpo. Principalmente, la cabeza. Un martillo neumático aporrea una y otra vez su materia gris. Tyler se queja en silencio. Abre los ojos tímidamente, como si molestase a quien lo mire. No hay nadie. Está tumbado de lado en su sofá inglés de trescientos mil dólares. En frente está la pantalla gigante de plasma que mandó instalar la semana pasada. Está encendida. En la CNN informan sobre algo en lo que hay muchos militares.
Mientras se escora para poder ver mejor las imágenes, vuelve a sentir el dolor punzante en su sesera. Es el teléfono. El fijo. Pocas personas disponen de su número de teléfono fijo en la mansión de Newport Beach. La línea tiene limitadas las llamadas entrantes a tres números: el de su padre, el de su amigo David y el de Patrick. Con tardanza, Tyler se incorpora y abandona el sofá. Se dirige al aparato y contesta con desidia.
—¿Sí?, ..., ¿Diga? ¿Quién es?—Mientras interroga al artífice de la inoportuna llamada, se percata de el reloj marca las dos y media de la tarde.
—¿No sabes quién soy? ¡Soy tu padre! Tienes un registro de llamadas en la pantalla del auricular. Seguro que te has pasado de la raya otra vez. ¡Contrólate o lo haré yo! Eres mayorcito ya, Ty.—
—No me pasé. Fue una fiestecita con David y Pat, nadie más. Lo que ocurre es que tengo mucho sueño acumulado.—A Tyler no le agrada que le despierten con una reprimenda.
—Bueno, no tengo ganas de discutir. ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer? ¿De que algo horrible estaba ocurriendo?—
—Me acuerdo, sí. ¿Qué es esa cosa que tanto te preocupa?—
—Ty, eres mi hijo. Ya no me queda nada, ni mujer, ni padres, sólo tú. Escúchame con atención. Algo va mal en la investigación de la Antártida. Se trata de algo que puede afectarnos a todos. No sé más de lo que te estoy contando. Quizás esté sacando las cosas de quicio. Lo cierto es que Anthony Madison, mi hombre de confianza en la expedición está muy alarmado. Han muerto tres científicos ayer. No me ha dado más detalles, pero me pidió anular la misión y accedí, claro.—
—¿Estás loco? ¿Acaso no te acuerdas de todo el dinero que pusiste en esa iniciativa? Oblígale a que te dé más explicaciones. Pudo ser un simple accidente. No basta con tres fallecidos para paralizarlo todo.—
—Eso no lo comparto. Es mi dinero. Recuérdalo, Ty, no el tuyo. Si Madison dice que se acabó, se acabó.—
—¿Y para qué coño me llamas, papá? ¿Para contarme tus paranoias mañaneras? Tu monomanía por el fin del mundo me tiene un poquito harto.—
—Hijo, yo no financio investigaciones para saber si es bueno tomar un vaso de vino en la comida, para ver si los móviles disminuyen el número de espermatozoides o para ver si los lituanos son más listos que los letones. Yo hago cosas importantes. Tú esperabas que descubriese petróleo en la Antártida. Es mucho más que eso. Y, sí, temo la muerte y tengo miedo de que el hombre se extinga a sí mismo. Pero no soy el único.—
—Papi, no me cuentes movidas chungas.—Tyler cuelga. No está dispuesto a seguir con una conversación que acentúa su jaqueca. Va hacia la nevera y saca la botella de vodka. Bebe a morro. El aguardiente de cereales se le escapa de la boca y, tras recorrer su barbilla, empapa el cuello de la camisa. Mierda.

Por Ochún (Ife Adu - Ado Ekiti, 13 de marzo de 2018)

—Mamá, no puedes seguir con esas chorradas del osha-ifá. Eso no es religión, es superstición.—Ife no comprende que su madre le haga pasar vergüenza delante de sus amigas.
—¿Estás tonta? Ochún es tu orisha de cabeza. El babalawo te lo dijo al poco de nacer. Tienes que honrarlo y tus actos no siguen el ifá.—La madre de Ife es una fiel de las creencias santeras yoruba. Trata, en vano, de inculcar a su hija las tradiciones de su pueblo y la fe en Olodumare. 
Cada miembro de la comunidad yoruba tiene un padre o una madre de cabeza. Es el orisha particular al que debe honrar. Olodumare, el dios único de la religión yorubana, conocido como el señor al que va nuestro eterno destino,  premió a los mejores reyes de los antiguos reinos yorubas con poderes para administrar la naturaleza que había creado. Son intermediarios entre dios y los hombres, los orishas. Así, es el deber de Ife, como buena seguidora de la santería originaria, ofrecer un gallo, en su defecto una paloma, y un plato de alubias especial. Así lo determinó su babalawo, su santero, pues, según él, Ife Adu tiene que honrar a Ochún.
Ya que Ife es reacia a celebrar el culto, su madre le preparará el gallo para sacrificarlo y también cocinará la ofrenda. La religión yorubana de Nigeria guarda muchas semejanzas con sus ramificaciones en Brasil y Cuba, pese a que hay unas diferencias sustanciales con en candomblé y la santería o creencia lucumí. En Nigeria, en el origen, la forma habitual de Ochún no es la de una mujer vestida de amarillo, sino que es un la de un gallo. En África, el rito va mucho más allá que en América. De hecho, para elegir el nombre de Ife, cuyo significado es "amor", realizaron una ceremonia de siete días. Igual hicieron para nombrar a su madre, Olubunmi, "regalo de Dios".
—Te prepararé el gallo y la comida, pero lo tendrás que matar tú. Hemos decorado el altar para la ocasión. Quiero que aprendas como se hace la ofrenda. Debes cocinar las alubias templándolas con cebolla rehogada en mariwó. Después fríes los camarones y lo mezclas hasta que esté hecho. Entonces, ya podrás presentar tus pedidos.—
—¿Crees que ese rito absurdo, que esa ridiculez servirá para algo? Mamá, no hay trabajo. Cada día es una aventura salir a la calle y lograr llegar a casa de una pieza. Tú ya eres mayor, pero yo puedo emigrar. Y no perder el tiempo con espíritus inútiles.—Olubunmi mira con tristeza a su hija. Aspira intensamente y se va de la cocina. Ife desprecia las tradiciones y un discurso tan cohercitivo no la convencerá. Se hace la dura en la presencia de sus amigas, si hace falta, por encima del orgullo de su madre.

El néctar de la inmortalidad (Fauja Singh - Amritsar, 13 de marzo de 2018)

El Hamandir Sahib, el Templo Dorado de Amritsar, es el lugar más visitado en la India. Más que el Taj Mahal. El centro espiritual del sijismo, una creencia que mezcla enseñanzas del islam y el hinduísmo, no refleja nada acerca del convulso pasado del Punjab, cuando los musulmanes se vieron obligados a emigrar al inventado Pakistán y el estado se convirtió en el bastión de los sijs. Fauja Singh, convencido seguidor de la doctrina pregonada por Guru Nanak Dev, procura acercarse, por lo menos una vez a la semana, al lago Darbar Sahib Sarovar y observar el Hamandir Sahib. Fauja se desplaza al Hotel Golden Tower, situado justo en el centro del lago y unido a la costa por un puente artificial. Desde allí se obtienen las mejores vistas del templo.
Es de noche y los afortunados que se encuentran en la terraza del hotel se maravillan de la imagen que presenta el Hamandir Sahib iluminado. Fauja es uno de ellos. Disfruta de un té mientras deja volar la imaginación fijando los ojos en su querido templo. Es uno de los pequeños lujos que se puede permitir. Arrocero de profesión, ha ido progresando con el tiempo y, a sus 27 años, puede presumir de ser empresario. Un hombre hecho a sí mismo, a la americana en la India.
Puede que su infancia no haya sido ideal, tal vez no dispone de la educación que hubiese deseado, pero pocos como él pueden permitirse el placer de ver el Hamandir Sahib por la noche desde una posición comparable a la del Golden Tower. Mañana, Singh se tomará el día para descansar. Quiere estar con los suyos. Sus hijos ya no son unos críos y, si bien tienen clase, también le echan de menos. Pese a que trabaja en la misma ciudad en la que vive y la economía le sonríe, Fauja Singh no comparte momentos con su familia todo lo que quisiera. Se perdió muchas horas de risas y juegos con sus niños. Es la ocasión de cambiar eso.
Sus tres hijos están perdiendo la fe y las tradiciones sijs. Eso piensa Fauja. Por ello, mañana se asegurará de que no se les olvide vestir ninguno de los cinco artículos de fe que un sij practicante debe llevar siempre encima: kesh (pelo largo sin cortar), khanga (peine de madera para recoger el pelo), kara (brazalete metálico), kacha (calzoncillo de algodón) y kirpan (pequeña daga). No son adultos, pero cuanto antes se acostumbren a sus obligaciones religiosas, mejor para todos. Si van a visitar el Hamandir Sahib, habrá que presentarse cumpliendo con los preceptos sagrados que enseñó el Guru Nanak Dev. No hay ritualismo en el sijismo, pero sí respeto por las tradiciones y ciertas reglas. Y los descendientes de Fauja no las van a romper.

Saque ajustado (Norma Makaroff - Buenos Aires, 13 de marzo de 2018)

Son las ocho de la tarde y sólo queda media hora de alquiler. A Norma siempre le parece poco el tiempo que pasan en la pista cuando se lo está pasando bien. Es difícil que puedan juntarse las cuatro, pero estos ratos son los que merecen la pena. Así lo cree ella. Además, siempre es bueno aprender nuevos movimientos de pádel. Sabrina es la más veterana en este deporte y también es la improvisada profesora.
Norma, Sabrina, Adriana y Silvia son amigas desde la universidad. Las cuatro estudiaron Derecho y las cuatro son abogadas de éxito. De procedencia dispar, todas se aceptan tal y como son, aunque sacan a relucir sus orígenes para meterse las unas con las otras. Norma Makaroff, judía, es, habitualmente, la peor parada. No le perdonan haberse criado en Villa Crespo rodeada de comodidades que ninguna de ellas disfrutaron. Aún así, la pelea dialéctica no sube de tono ni pasa del simple vacile.
Sabrina pretende que Norma domine la destreza del saque. Quiere que haga saques ajustados a las esquinas. Pero Norma no maneja muy bien la pala y sus progresos son mínimos. Adriana y Silvia no lo hacen tan mal como su amiga. Sabrina quiere que Norma, al menos, llegue a adquirir habilidades similares a las de las otras dos compañeras.
—Tenés que intentarlo. Apuntá con la mirada y luego repetí el gesto que te dije antes. Si no lo intentás, seguro que no saldrá.—Sabrina insiste.
—Un poco de relax. Vinimos aquí a pasarla bien, no a discutir. ¿La tenés la idea?—Norma no quiere presión.
El partido transcurre sin novedades. La pareja formada por Sabrina y Norma se impone, a pesar de Norma. Se duchan y toman un refresco en la cafetería del gimnasio. Allí conversan sobre cualquier tema excepto trabajo. Eso es lo usual. Hoy, en cambio, surgen temas laborales. Sabrina está nerviosa. Su despacho está a punto de cerrar. Lo comentan todos los trabajadores. Sus abuelos le animaron a irse con ellos a Italia, pero lo ve muy arriesgado. El Derecho cambia radicalmente de un país a otro. Y ella no quiere irse de Argentina. Norma entiende la desolación de su amiga. Pero ninguna puede ofrecerle soluciones. A ellas tampoco les va como para presumir.
Adriana intenta cambiar de tema. El poco tiempo que pasan juntas no debería ser para tocar cuestiones entristecedoras. Así es que les propone una escapadita de fin de semana: Punta del Este. Norma sonríe. No están en situación de realizar grandes gastos y esa opción de evadirse de los problemas en Uruguay es tentadora, pero no factible. Adriana pone empeño en conseguir la aprobación de sus amigas. Se miran con cara de pena, como reconociendo el mérito de la ocurrencia y al mismo tiempo descartándola.
Mientras Adriana se hace ilusiones con la playa, suena el teléfono de Norma. Es su jefe. Le habla de un cliente estadounidense que tienen en cartera. Un filántropo que financia una investigación en el territorio argentino de la Antártida. Debido a unas complicaciones de última hora, el superior de Norma exige su presencia en el despacho inmediatamente. Ella advierte a sus compañeras de pádel de la noticia y, apresuradamente, abandona el gimnasio.

Talla equivocada (Li Fang - Hong Kong, 13 de marzo de 2018)

—Esto no es una 10, yo le pedí una 10 y usted me da una 8.—
—En serio, señora, con todo el respeto del mundo, es una 10. Usted me está pidiendo una talla que no le corresponde. Le aseguro que lo que marca la etiqueta es la talla real.—Fang intenta calmarse ante las protestas de una turista.
—Esta ropa talla mal. Seguro que es falsa, no creo que sea Dolce & Gabbana.—
—Señora, ¿cree que una blusa de casi 7.000 dólares hongkoneses puede ser falsa?—No es la primera vez que una visitante británica trata de impresionar a sus amigas haciéndoles ver que compra ropa de marca propia de millonarios. Pero Li Fang sabe distinguir cuando alguien quiere el producto y cuando, simplemente, entran en su tienda para codearse con la élite. Éste es el último caso.
Tras quejarse con un aspaviento innecesario, la turista europea y su séquito de amistades abandonan Jiayong Luxury, el local en el que trabaja Fang. Situado en el luminoso Distrito Central de la Isla de Hong Kong, su mercancía es prohibitiva para la mayoría de los mortales. La calidad de las prendas, fuera de toda duda, no es lo único que paga el cliente. Lo fundamental no es lo que se compra, sino de qué marca es. Ahí entra en juego la oferta de Jiayong Luxury. La marca, un sello distintivo que diferencia a un sector privilegiado de la población del resto de seres humanos. Una forma de evidenciar las categorías si es que ya no estaban patentes.
A Fang no le agrada su trabajo en absoluto. Cuando finaliza su jornada diaria vuelve a un minúsculo apartamento en Kowloon, hacinada con sus padres, sus dos hermanas y los novios de ambas. En la tienda, tiene que atender a personajes que la tratan de modo despectivo, ya que consideran que no merece otra distinción. Normalmente son turistas adinerados o gente de negocios, de grandes negocios. Todavía es martes y le tarda en llegar la hora de salida. Afortunadamente, apenas hay clientes.
Fang se va al cuarto de empleados aprovechando que ésta es una tarde tranquila. Desde allí, llama por su móvil a Ho, su novio. Todavía no viven juntos, ella lo prefiere así. Además, ¿en qué casa se quedarían? Ninguna de las dos familias les puede ofrecer intimidad. Hasta que puedan disponer de un receptáculo propio, por pequeño que sea, Fang no se irá a vivir con Ho.
—¿Ho? ¿Cómo tardas tanto en contestar?—
—Perdona, cariño. Estaba viendo las noticias. Lo mismo de siempre. Sabes, ¿el Manchester United va a venir en verano a jugar un amistoso? Me encantaría ir al estadio.—
—Olvídate del dichoso fútbol por un minuto, ¿te parece? Pensaba que hoy podíamos cenar juntos. ¿Te gusta la idea?—Fang quiere desconectar de sus hábitos y hacer algo diferente.
—Me gusta, me gusta. Ya sé que casi no nos vemos, pero esta noche es imposible. Me salió un trabajo en el puerto. Tal vez el sábado.—Bai Ho no se esfuerza en dar explicaciones.
—Tal vez.—Fang, decepcionada, corta la llamada sin despedirse.

Sudando bajo la lluvia (Latif Seck - Dakar, 13 de marzo de 2018)

—¡No quiero ver una sonrisa! Señores, ¡el sábado es el día grande! Ya lo saben, el que no suda no juega, aquí no hay ningún Romário.—Papa Sakho alecciona a sus pupilos. El derbi del fin de semana requiere la máxima concentración y cuesta conseguirla.
La lluvia convierte los entrenamientos vespertinos en el doble de duros. Sin embargo, a Latif Seck le encantan las sesiones físicas. Trabaja fuerte en el gimnasio y, cuando tiene que demostrar su valía ante el míster, lo da todo. Nadie se quiere perder el partido del sábado, pero el puesto de titular en el extremo derecho está caro. Su equipo juega mucho por las bandas y los extremos son sus pilares ofensivos. Latif aporta la mayor entrega que se le puede pedir a un futbolista, pero Ibrahim Diaw es el preferido por Sakho. Las carencias técnicas de Latif lastran su continuidad en el once inicial.
–Este tío es capaz de tenernos corriendo dos horas. ¿Ves?, está loco. Como palmemos el sábado con el Jeanne D'Arc nos va a comer con patatas.–Petisco, un compañero caboverdiano de Latif, se queja de la intensidad de un entrenamiento pasado por agua.
Latif no protesta. El simple hecho de formar parte de la plantilla del Xam-Xam ya es motivo de satisfacción para él. Su sueño de infancia era ser futbolista profesional. Lo consiguió. Ahora, su anhelo es fichar por algún club europeo y poder representar a la selección de Senegal en un torneo internacional. Sabe que ante el Jeanne D'Arc habrá dos cazatalentos. Uno, George Santini, del Olympique de Marsella, viene exclusivamente para hacer un informe de Ibrahim Diaw, su rival en la banda derecha. El otro, Michael Collins, del Chelsea, no tiene ningún objetivo claro según le comentó un directivo de su confianza. Ahí está su oportunidad. Para ello, debe ser titular. Aunque Sakho, consciente del interés de Santini por Diaw, probablemente opte por éste como titular. Hasta Latif entendería esta medida.
De todos modos, si el fútbol no es la vía de escape posible, lo será otra actividad. Él tiene la ambición de abandonar África como sea. El nivel de vida en el barrio de Bel-Air nada tiene que ver con su homónimo californiano. Si debe ser albañil, será albañil. Si tiene que pasar como ilegal hasta llegar a la deseada Europa, así lo hará. Lo que no está dispuesto es a renunciar a sus principios y a su religión. Latif es musulmán antes que senegalés. Es musulmán antes que persona, porque sabe que Alá lo creó todo y que Él está por encima de todas las cosas. Y eso nada lo va a cambiar.

Fiesta al atardecer (Tyler Berger - Newport Beach, 13 de marzo de 2018)

Noche del martes. Para un angelino normal, no es día de fiestas. Pero Tyler no es normal. Su padre, Michael Berger, es el propietario de Pacific Investment Management, la mayor financiera de Estados Unidos. Tyler Berger, estudiante brillante, ocupa un alto cargo en la empresa paterna. Su puesto en la compañía no requiere demasiado trabajo. Firma unos cuantos documentos a la semana, nada más. Ni siquiera sabe a qué papeles pone su rúbrica. Tampoco le preocupa. Para eso ya están los revisores intermedios, jerárquicamente en una posición más baja, cuyo cometido es darle todo masticado a los gerifaltes de turno. Así que, esta noche Tyler da una fiesta en su mansión de Newport Beach. Y si no eres la mitad de importante de lo que es él, no estás invitado.
—No entiendo por qué os empeñáis en decir que el whisky es mejor que el bourbon. Sois muy poco patriotas. Seguro que sois bastardos irlandeses, hijos de una furcia comepatatas. Dais asco.—Tyler discute sobre destilados con sus amigos, una jauría de esnobs.
—Mira el alemancito qué mono con su discurso neonazi. Lo llevas en la sangre, no puedes soportar que tus antepasados fracasasen en su cruzada aria.—O'Neal, de ascendencia irlandesa, saca a relucir el origen germano de la familia de Tyler.
—Lo único que sabéis hacer el emborracharos, eso sí, a veces con whisky, a veces con Jameson, otras con una pinta de Guiness.—
—Te recuerdo Tyler que yo, al contrario de Pat, no soy irlandés, soy armenio. Aunque tú, jodido hijo de papá, no sabes que Armenia no es una ensalada de moda.—David Sarkisian también está ofendido por el tono despectivo de su anfitrión.
—Pues los tarminios y los irlandeses os vais a ir a tomar por culo, como los alemanes, los italianos y todos nosotros los putos americanos. Mi padre estaba muy preocupado cuando hablé con él hace dos horas. Me contó una historia de una catástrofe inminente. Información reservada.—
—Armenios, Tyler, armenios. Tu padre es un paranoico. Como tú.—
—No, en serio, David. Lo vi muy preocupado. Sus flirteos con la política le están machacando la sesera.—
—La única catástrofe que puede pasar es que te partamos la cara como las putas que nos prometiste sean tan chungas como las de la semana pasada.—Pat se impacienta. La raya de cocaína que esnifó hace dos minutos no le tranquiliza precisamente y las chicas que esperan se retrasan.
—Si vosotros no las pagáis, ¿qué más os da? Son buenos coños, os lo aseguro.—
—¿Tienes más farlopa? Joder, yo no traje. ¡Tengo que meterme un tiro ya!.—El nerviosismo de Pat contagia a David.
—Ya sabéis que el tío Tyler tiene de todo para sus amigos, aunque sean unos degenerados descendientes de la mayor basura europea.—El maestro de la ceremonia vacía su copa de un sólo trago. Era vodka. Sin más, únicamente vodka.

Dudas al aparcar (Nadya Suslova - San Petersburgo, 13 de marzo de 2018)

Le gusta conducir, no aparcar. En invierno, las calles de cualquier ciudad de Rusia son difíciles: el tráfico, la oscuridad y la inseguridad. Nadya adora su ciudad, San Petersburgo, pero odia desplazarse en coche por sus carreteras, porque, al final, tendrá que estacionar el vehículo. Y eso no se le da nada bien.
El termómetro no marca en negativo por poco. Ya es de noche, una falta de luz prematura consecuencia de la latitud en la que se ubica Píter, como le llaman cariñosamente sus habitantes a la antigua Leningrado. Hace media hora que Nadya Suslova salió de trabajar y ahora busca aparcamiento en las cercanías de su hogar. Mientras se afana en encontrar una plaza libre, piensa en lo mucho que hubiese deseado seguir trabajando unas horitas más y quedarse a dormir allí, en el Hotel Sokos. Su oficio de recepcionista en esa mole de cinco estrellas le proporciona, al menos, calor en invierno. A un paso del Hermitage, los alrededores del Sokos Hotel Palace Bridge provocan que Nadya se deprima cada vez que llega a su edificio desprovisto de una calefacción adecuada para el norte de Rusia.
Por fin, Nadya da con un lugar en el que dejar su coche hasta mañana a las cinco, hora en la que tendrá que tomar de nuevo rumbo al hotel. La verdad, su Lada Sibirsk, uno de los últimos modelos de la que marca automovilística rusa fabricó antes de quebrar en febrero de 2014, no es nada manejable. Es un turismo muy largo, con lo que, junto con la nula destreza de Nadya, el aparcamiento es un calvario. La maniobra para aparcar es rocambolesca: giro a la derecha, endereza, giro a la izquierda, de nuevo a la derecha, vuelve a enderezar, gira un poco a la derecha, un poco a la izquierda, ...
Era predecible. Sus dudas al maniobrar terminan cuando la chaba del Sibirsk roza con el coche que está aparcado al lado. Nadya piensa en que si el aparcamiento fuese en batería no habría problema. Pero la realidad es que abolla la chapa de su automóvil. El hundimiento es leve, pero el roce levantó la pintura. Al otro turismo no le pasó nada. Finalmente, estaciona el coche y baja para comprobar el resultado de su falta de pericia. Otra nota de alegría para terminar el día.

Soñando para los turistas (Galarrwuy Wirrpanda - Hermannsburg, 13 de marzo de 2018)

—Si ustedes se preguntan el motivo por el que nosotros, los verdaderos australianos, vivimos en armonía con la naturaleza y nos preocupamos de cuidarla, tienen que buscar la respuesta en nuestra religión. Nosotros creemos que los seres humanos fuimos creados al igual que las plantas y los animales, aunque no se nos dio un cuerpo que habitar y no sabíamos quiénes seríamos hombres y quiénes otros seres. Tuvimos que esperar. En el quinto mes de embarazo, el espíritu que así lo determina entra en el feto humano. Cuando la madre siente los golpes en la barriga, es señal de que el alma ya está en el cuerpo. Pero nosotros existimos antes de esta vida y también después. El tiempo del sueño, altjeringa, como le llamamos, es más real que la propia realidad que percibimos a diario. Tras nacer, la persona se convierte en un guardián de esa parte del país: de su cultura y de su naturaleza. Por eso vivimos con tanto respeto hacia lo que nos rodea, porque en el tiempo del sueño, ellos son como nosotros. Y el altjeringa es lo único real.—Galarrwuy les explica su concepto de la existencia a los turistas mientras contemplan el paisaje rojizo del Parque Nacional de Watarrka.
Son muchos años ya diciendo lo mismo, pero la satisfacción que le produce a Galarrwuy Wirrpanda hacer su trabajo le anima a continuar. Él no habla de algo desconocido, es un aborigen australiano y mantiene vivas las tradiciones de su pueblo. Por supuesto, él cree lo que explica a sus compatriotas blancos, que llegan al territorio de los arrernte para conocer un poco mejor la forma de vida de los primeros habitantes del continente.
El horizonte es generoso y los visitantes pueden observar con detenimiento el Kings Canyon. Los forasteros, guiados por Galarrwuy siguen uno de los dos caminos permitidos para los turistas. Se trata de tierra santa para los aborígenes y, tras años de abandono, el Gobierno Australiano decidió proteger el patrimonio cultural de los indígenas en los años ochenta. La ruta de esta tarde es la corta, dos kilómetros, una hora de camino bajo un sol aplastante. Galarrwuy, de tez negra, soporta mucho mejor el efecto de Lorenzo sobre su piel que sus acompañantes. Los 35º C tampoco ayudan a ganar metros a los curiosos que se han decidido a recorrer este paraje mítico del continente austral.
Al final del camino les espera un plataforma. Desde ella, podrán contemplar la grandiosidad de las paredes del cañón. Trescientos metros en vertical de tierra rojiza. Son las siete de la tarde, una buena hora para desplazarse bajo los rayos del astro rey. Los turistas están equipados, obligatoriamente, con crema solar, sombrero y un litro de agua. Los aborígenes habitan esta zona desde hace veinte mil años, suficientes para saber que no se puede avanzar sin hidratarse.

Una Vanette roja en la Roma Negra (Délia Lotto - Salvador, 13 de marzo de 2018)

El Pelourinho recibió su nombre por una columna en la que se azotaba a los esclavos en la época colonial. La UNESCO concede a Salvador el privilegio de tener un centro histórico considerado patrimonio de la humanidad. El verano en Bahía castiga al que no se resguarda y Délia procura situarse en el lado de sombra mientras avanza por la zona antigua de su ciudad, tan celebrada. Siempre que pasa por el Pelourinho, la incomprensión se apodera de su mente. No entiende que, aunque ya no exista la columna de los latigazos, se conserve su denominación para designar la barriada, como si se tratase de un monumento más. La urbe con más negros fuera de África, la Roma Negra, permite que un símbolo del racismo figure en su callejero en un lugar preferencial. Al menos, su nombre sí perdura.
Délia Lotto, mulata, no quiere olvidar las ruinas del pasado. Queda algo más que edificios tintados en tonos pastel, samba, bossa nova, axé, capoeira, feijoada, trajes blancos y carnaval. Ella no lo vivió, pero es consciente de que sus antepasados debieron de sufrir esa época. Los vestigios ahogan el recuerdo. La servidumbre obligatoria, el infierno en vida. Por eso, cada vez que visita la ciudad vieja de Salvador mira con desprecio las casas del Pelourinho y se acuerda de cosas que de las que no tiene memoria. Y llora en por dentro. Porque un Brasil sigue siendo pobre. Y ella sabe que ese Brasil está, principalmente, en el Nordeste.
El padre de Délia, natural de Porto Alegre e hijo de emigrantes venecianos, es ingeniero industrial. Su posición le ha permitido ofrecer a sus vástagos más oportunidades. Su madre, de familia soteropolitana al cien por cien, le inculcó el orgullo por la cultura afrobrasileña, el yoruba candomblé sobre todo. Su familia vive holgadamente, bonita excepción, aunque inculcaron la cultura del ahorro a todos sus miembros. Por eso es que Délia no dispone de un utilitario mejor que una Vanette, una nueva versión del modelo original de los años ochenta. Ahora, espera que en el taller le permitan llevarse su Nissan roja para pasar la tarde en la playa de Itapuã, el barrio de su madre, Graça. El mecánico está a unas manzanas del extremo meridional del Pelourinho. Tras atravesar el centro de Salvador, Délia llega a su destino.
—¿Está lista?—Pregunta por su furgoneta, que, prácticamente, colapsa la entrada al taller.
—Sí, está, mas deberías haber venido ayer, ya avisé a tu mami. No me gusta tener coches ocupando espacio. Necesito estar cómodo para trabajar. Aunque si viene una chica tan guapa como tú por aquí a recogerlos, pues, ya no me importa tanto.—Lauro se crió en Itapuã y conoce a Graça muy bien.
—Pues no sé lo que ha pasado, perdona, Lauro. Mi mamá no me dijo nada. En todo caso, se lo recriminaré cuando vea la ocasión. ¿Te pagó?—Délia revisa su vehículo mientras conversa con el mecánico.
—Pagó, sí. Anda, gatinha, coge la Vanette y vete. No la calientes mucho, que da para lo que da.—El mecánico cierra con fuerza la puerta corredera lateral de la Vanette y sonríe a Délia reparando en sus curvas. Después, insinuante, le guiña un ojo.
No pierde el tiempo. El taller y la mirada de Lauro la ponen nerviosa. Délia marca a la velocidad del rayo el número de Belô, la amiga con la que había quedado para pasar la tarde en Itapuã. No hay problema, en media hora pasará con la furgoneta por casa de Belô para ir juntas a la playa. Justo antes de tomar asiento en su adorada Vanette, Lauro le da una palmada en el culo. Délia se vuelve y, sin mediar palabra, le da un tortazo tal al operario que éste pierde el equilibrio y cae en el suelo aceitoso del establecimiento. Ella sube al coche y, una vez dentro, con la ventanilla bajada, escupe al mecánico. Su escupitajo sólo lleva saliva, pero siente que se ha vengado del dueño del taller, al que no piensa volver.

Pisando fuerte (Duarte Vieites - A Coruña, 13 de marzo de 2018)

Las pisadas en carrera levantan polvo. Es un suelo de tierra seca, un sendero protegido a los lados por rocas y arbustos. El sol, a pesar de ser invierno, castiga a Duarte y las zancadas son cada vez más costosas. Está emprendiendo la subida a una de las dos colinas que hay en el Parque de Bens. Los arbustos están sin podar y, a veces, es imposible librarse de los rasguños que producen las hojas, convertidas en espinas, de los tojos. Pero Duarte sabe que tiene un objetivo que cumplir. Estableció un circuito en Google Earth, un tramo de cinco kilómetros, y, hasta que lo complete, no parará de correr. Se embadurnó protección solar en su cuero cabelludo, pues se lo rapa cada dos días, y, para uno como el de hoy, toda precaución es poca. Está en buena forma física, para ello se esfuerza constantemente, pero es consciente de que no puede rendirse cuando empieza a notar debilidad. Perseverancia. No es una actitud, es una forma de vida. Sufrimiento físico para mejorar. Superar retos. Elevar el rendimiento. Siempre medrando, siempre en progresión.
Cuando enfila la recta final para coronar la colina, se topa con un rottweiler en su camino. El perro de carnicero baja la cuesta rebosando vitalidad, como alterado por algo. Su musculatura tiembla al tiempo que posa sus patas con ímpetu para ganar metros. Las babas se desprenden de su boca como si se tratase de espuma salpicada por las olas. Duarte está cansado, demasiado para esquivar al can. Ni siquiera tiene fuerzas para preocuparse de lo que le pueden deparar los próximos segundos de su vida. El perro pasa por su lado, no le presta atención y se pierde oculto entre el ramaje. Duarte respira con más energía, se tranquiliza. Después de todo, es como si el rottweiler no hubiese existido. Porque lo que no te afecta, no existe. Al menos esa es la concepción de la realidad de Duarte Vieites.
Al llegar a lo alto de la colina, sin detener su carrera, divisa el mar, la Torre de Hércules y buena parte de la ciudad de A Coruña. Escupe hacia su derecha, sobre los tojos, todavía carentes de chorimas. Inicia el descenso preocupado de no rasgar la ropa con las espinas que le atacan a ambos lados del camino. Frena en la bajada procurando no resbalar. La primera curva es muy cerrada y la pendiente y el suelo de gravilla no le permiten otro planteamiento. Después de descender, habrá que volver a subir y vuelta a empezar. Este circuito es un auténtico "rompepiernas". —Eres un caballo—, se dice a sí mismo. Pretende así vencer el desgaste mental, que, a estas alturas de recorrido, es mayor que el físico.
Ya piensa en la ducha, en sentarse en el sofá, poner la tele y beber un poco de Fanta Limón. El sudor arrastra la crema solar y la mezcla se desliza por su frente hasta alcanzar los ojos. Las cejas y las pestañas no pueden salvarle del líquido, que le produce un picor molesto y le hace correr casi a tientas, con los ojos semicerrados. No lleva reloj. ¿Para qué? Está en el paro. Desterrado de por vida. Nadie contrata a expresidiarios. Teixeiro fue un punto de inflexión en el devenir de Duarte Vieites. Quizás, ahora, esté algo arrepentido de su pasado, aunque jamás lo reconocerá. Él no se equivoca, sólo tienen errores los demás. Él no, siempre tiene razón. Y nunca lo ha hecho mal. Le han puesto obstáculos, pero los ha superado, porque esa es su especialidad. Y si los argumentos no llegan para rebatir las tesis que no le son favorables, surge su método: el cuerpo a cuerpo. Intimidación y, si esto no da resultado, golpes. Probablemente, así le den la razón. Porque él la tiene, sólo que, a veces, los otros no lo quieren reconocer. Pero habrá que encauzarlos por el buen camino, el camino de Duarte Vieites.

Entre catedrales (John Owen – Liverpool, 13 de marzo de 2018)

Demasiado sol para un día de marzo en el Merseyside. No es normal, pero tampoco lo es que en una ciudad de cuatrocientos mil habitantes haya dos catedrales separadas entre sí por nueve minutos de caminata. John Owen avanza por Hope Street, la calle que une la Catedral Metropolitana con la Catedral de Liverpool. Católica, como él, la primera; anglicana, como la mayoría de los liverpuldianos, la segunda. Cuando el tiempo acompaña, es un trecho muy agradecido. John tiene el día libre y, en estas ocasiones, con el permiso de la lluvia y el trabajo, aprovecha las mañanas para pasear. Vive cerca de la estación de Lime Street, en Copperas Hill. Su ruta preferida la inicia con la subida por Mount Pleasant hasta llegar a la Catedral Metropolitana de Liverpool de Cristo Rey, nombre oficial del templo católico. Con todo, lo habitual es que no entre en la iglesia, pero hoy lo hizo. Refuerza su orgullo católico.
Los protestantes presumen de tener la quinta catedral más grande del mundo en la ciudad de John, pero es vieja. La catedral de los católicos es circular y con un colorido interior sorprendente. Cada vez que entra en ella, John no puede evitar asombrarse de su singularidad, como si fuese la primera vez que viese tal cosa. Su techo permite que baje una luz central repleta de colores que se mezclan con los de las vidrieras de las paredes. El efecto es indescriptible. Mirando la estatua de San Martín de Porres, por un instante, John se olvida de dónde está y tiene la sensación de encontrarse en un punto próximo al cielo. Esta mañana, pasó más de una hora en su interior. No más, ya estaba bien de misticismo, tenía que estirar las piernas un poquito. Aún así, mientras se aleja, no se resiste a echar una mirada tras sus pasos y contemplar de nuevo "su" catedral. Realmente magnífica, piensa.
Se puede decir que es el único que camina por Hope Street. Son las ocho de la mañana y no ve a nadie por la calle. Sí, algunos negocios están abiertos, pero no hay transeúntes. A estas horas, se le ocurre cantar:
—There she was just walking down the street, singing do wah diddy diddy down diddy do. Snapping her fingers and shuffling her feet, singing do wah diddy diddy down diddy do...—
John Owen identifica esta canción con Manfred Mann, aunque sabe que era una versión y que la original debía de ser americana. No suele cantar, lo hace bajito, con miedo a ser descubierto por alguien. ¡Qué verguenza sería ser descubierto por un conocido! Silba entre estrofa y estrofa.
Hace un buen día, inusual, que le hace acordarse de unas vacaciones en Canarias, en Maspalomas. Talmente como Liverpool. Le gustaría almorzar comida española: algo de paella, beber sangría y, después, tomarse un helado. Lástima que esto sea Inglaterra en marzo. Sin embargo, tiene la opción de ir a un restaurante español que hay en la ciudad, cerca del puerto. No recuerda muy bien su nombre, pero tiene banderas de España pendidas de su fachada.
De pronto se ilumina la calle sólo para él. Surge de la nada una escultura viva. Es negra, debe medir unos seis pies, viste de malva y es una diosa. Va en sentido contrario al suyo. Deja de silbar. No puede evitarlo. Es algo superior a su voluntad. Mira hacia ella como un tonto. Sigue caminando, pero se nota a leguas que se le cae la baba. Ella tiene un paso elegante, firme y decidido. Su vista se fija en el horizonte. Va con la cabeza bien erguida, sin atisbos de que en algún momento repare en él. A pesar de eso, dirige su mirada hacia la de John y sonríe. Tímidamente. Como si no fuese consciente de la atracción que causa en él (y en todo aquel que la vea).
Se cruzan finalmente. Ella sigue su camino y John el suyo, por triste que le parezca. Ya no se acuerda del apetito mañanero. Tampoco de lo que estaba haciendo a esta hora entre catedrales. Sin duda, no puede ser coincidencia. Vuelve la cabeza lo suficiente para verla alejarse hacia la Catedral Metropolitana. Tal vez sea católica, como él. ¿Un ángel? ¿Por qué no? Prefiere pensar que no lo es, aunque para John resulta tan inaccesible como el cielo. Debería haberle dicho algo. No puede malograr ocasiones así. ¿Qué puede perder? Nada. Está de vacaciones y sin ningún plan de futuro para, incluso, los próximos cinco minutos. John determina que necesita cambiar su forma de ser o, de lo contrario, se arrepentirá de vivir una vida que no ha querido vivir. Quizás una pinta de Carling le aclare las ideas. Ya no es tan temprano.